Medicina China para los occidentales

Cada vez son más las personas que demandan Medicina Tradicional China frente a la convencional u ortodoxa, aunque ninguna debería ser excluyente, sino complementaria de la otra y en pos de ayudarse y aliviar el dolor ajeno.


No hace mucho, en el comienzo de un curso de Medicina China pregunté a un nutrido grupo de alumnos cuántos estaban seguros de llegar a ejercer como médicos chinos. Cuál no sería mi sorpresa al observar cómo la gran mayoría levantaba la mano. Me pregunté si la motivación tenía que ver con la intuición de la riqueza de la Medicina China o si sólo, y no es cosa menor, les impulsaba la necesidad de trabajo o la curiosidad por lo desconocido.

Estas preguntas me llevaron a una serie de reflexiones sobre el lugar que ocupa la Medicina China en nuestros intereses y el papel que puede cumplir en nuestra forma de entender el acto terapéutico.

Estudiar Medicina Tradicional China no es fácil. Supone una mezcla compleja de estudio, experimentación, replanteamiento, intuición, de inspiración, de observación…. Me consta que para muchos, uno de los atractivos es que pone en conexión al ser humano con la naturaleza. La Medicina China es poesía y cultura que trasciende lo médico. Y si la poesía se caracteriza por proponernos «mundos alternativos» («Existen otros mundos pero están en este», Paul Eluard), esta medicina sería una suerte de poesía. Es enigmático el hecho de que, observando y estudiando las plantas, los minerales, los animales, los chinos de hace más de 3.000 años supieran ver que somos parte de la naturaleza y que participamos de un mismo orden. ¿Cómo pudieron encontrar la similitud entre lo que ocurre en la naturaleza y lo que le ocurre al ser humano? ¿Cómo pudieron crear todo un cuerpo teórico y práctico, con tratamientos eficaces basados en una interacción del hombre con el Cosmos? Desde luego, su capacidad para hacer viajes de ida y vuelta, de lo concreto a lo abstracto y de la experiencia al pensamiento debía de ser importante. Seguramente debían tener capacidades que hoy intentamos suplir con la tecnología.

En Occidente, inicialmente pasó algo parecido, al fin y a la postre todos somos seres humanos. La gran diferencia, a mi modo de ver, entre las dos concepciones terapéuticas viene dada por el dispar desarrollo histórico y cultural, por tanto, conceptual y lógico a que se vieron sometidas las dos grandes zonas geográficas que llamamos Oriente y Occidente. En Europa se produce el periodo conocido como Ilustración y es con Descartes que se elige una vía y se elimina otra.

Es curioso que la ciencia actual esté constatando fenómenos que, de algún modo, ya estaban descubiertos por los antiguos, también occidentales: véase, por ejemplo, cómo Hipócrates, Paracelso y las corrientes vitalistas en medicina consideraron que hay una interacción real del hombre con el Cosmos y que existe una fuerza constructiva en todo lo que existe. Paracelso, el alquimista y médico del Renacimiento, indicó además que esta fuerza invisible irradia de una persona a otra y podría actuar a distancia. Mesmer llamó gravitas universalis al fluido que todo lo penetra y lo relacionó con la influencia magnética. Las teorías de campo en la física, desde la gravitatoria, electromagnética, relatividad y leyes y principios basados en los conceptos de resonancia, refuerzo e interferencia parece que pueden dar, en la actualidad, algún soporte teórico a estas ideas.

Efectos de la Acupuntura

Sobre la Medicina China, y por centrarnos en alguna de sus especialidades como la Acupuntura, al poner las agujas se han constatado los siguientes efectos:

* Analgesia, como resultado de elevar el nivel del umbral del dolor. Así se tratan casos de artritis, dolores dentales, dolores de cabeza, de espalda, y otros trastornos dolorosos semejantes. El caso extremo es su utilización en las intervenciones quirúrgicas como anestesia. En cuanto al dolor, la explicación más aceptada es la del «control de entrada», propuesta por R. Melzack y P.D. Wall en 1965: la percepción del dolor es modulada por una o varias entradas funcionales en las vías del sistema nervioso central. En circunstancias normales, estas entradas permanecen abiertas y los impulsos dolorosos pasan libremente pero cuando se insertan las agujas un segundo impulso o impulsos parten y, al llegar a las puertas de entrada, las bloquean y originan su cierre. En otras palabras, hay una competencia entre el impulso del dolor y el de no dolor y el cerebro deja de registrar el dolor durante la operación quirúrgica.

También parecen jugar un importante papel el simpático y parasimpático, ya que hay evidencia experimental de que fibras nerviosas alrededor de los vasos arteriales son las encargadas de mandar al cerebro y a la médula espinal impulsos originados por las agujas.

Asimismo, encontramos mecanismos humorales o químicos implicados. Los trabajos de Bruce Pomeranz y sus colaboradores indican que las endorfinas naturales juegan un papel preponderante. Pomeranz cree que bloqueando los receptores opiáceos de las células cerebrales mediante las endorfinas liberadas por la Acupuntura se produce el efecto analgésico. Investigaciones realizadas por el profesor Chang Hsiang-Tung en el Shangai Institute of Physiology indican que la 5-hidroxy triptamina (serotonina) y la nor-adrenalina se encuentran activamente envueltas en el mecanismo de la anestesia acupuntural. Las endorfinas originadas en la pituitaria y las encefalinas en el cerebro medio han sido estudiadas, además de en China, por los doctores Pomeranz en Canadá, Lara Terenius en Suecia, Chapmen y Meyer en Estados Unidos y han contribuido a fortalecer la credibilidad en esta técnica milenaria.

* Sedación. Algunos pacientes llegan a dormirse durante una sesión con Acupuntura y al despertar dicen sentirse muy relajados. Se ha comprobado que durante el tiempo que las agujas están puestas, el electroencefalograma muestra un descenso en la actividad de las ondas delta y theta. Así, se utiliza para tratar insomnios, estados de ansiedad, adicciones al tabaco, al alcohol, la comida, las drogas en general, problemas de comportamiento, etc.

* Efecto regulador o hemostático, consiste en un reajuste interno del equilibrio de las distintas funciones del organismo. Normalmente, la homeostasis se regula por el simpático y parasimpático, ambos parten del sistema nerviosos autónomo en combinación con el sistema endocrino. Hay que agregar que existen mecanismos homeostáticos que regulan la respiración, el ritmo cardíaco, la presión sanguínea, la excreción urinaria, la actividad metabólica, la sudoración, la temperatura, el equilibrio iónico en la sangre y otros parámetros vitales. (Recordemos que los chinos, desde la más remota antigüedad, han creído que el equilibrio o la salud es el resultado de la armonía entre el yin y el yan= homeostasis.)

• Acción inmune o aumento de anticuerpos gama-globulinas, leucocitosis que han sido observados y que quizá son debidos a una reactivación del sistema reticuloendotelial. A veces, la Acupuntura puede tratar infecciones resistentes a los antibióticos o alergias.

• Efecto psicológico, tranquilizante y calmante. Parece ser debido a una acción en el cerebro medio. También se han observado cambios en el metabolismo de las células cerebrales, así como un aumento de dopamina en el cerebro después de un tratamiento con esta técnica.

• Recuperación motora, ya que en enfermos con parálisis se han observado mejorías que son explicables, a pesar de su complejidad, por un efecto antidrómico (dromia=carcinol) de las células del cuerpo anterior de la médula espinal, reactivación que a modo de biofeedback, a través de las células de Renshew y de Cajal en la médula, actuarían como sus equivalentes craneales. (Muchas de estas teorías fueron presentadas en el Congreso Mundial de Acupuntura, Colombo-Sri Lanka, 1981).

Con todo, la ciencia positiva recela porque no hay una explicación que encaje en el cuerpo teórico admitido por la comunidad científica.

Pero la realidad se manifiesta tozudamente y cada vez son más las personas que demandan ser tratadas con Medicina China y otras terapias alternativas a la ortodoxia médica y, la mayoría de las veces, para sorpresa de su médico, encuentran vías de solución a sus problemas. Otras veces son los mismos médicos occidentales los primeros interesados en estudiar tratamientos que les obligan a mirar de otro modo la salud y la enfermedad.

Dos formas de medicina, en fin, que no deberían ser excluyentes, puesto que donde una no puede llegar, quizá pueda hacerlo la otra. La cuestión estribaría en examinar la eficacia de una u otra sin compararlas. Parece ser que la medicina occidental es, con frecuencia, más eficaz cuando tiene una idea clara y definida de la etiología de la enfermedad (infecciones bacterianas, por ejemplo). Pero en casos crónicos, la china parece dar mejores resultados, sobre todo, porque evita los problemáticos efectos secundarios de la medicación y las enfermedades iatrogénicas resultantes.

Importancia del cuerpo

La Medicina China considera importantes aspectos del cuerpo humano que no son significativos para la occidental y a la inversa. La estructura lógica que guía las intuiciones clínicas de los médicos y su juicio crítico difieren radicalmente en ambos enfoques. Lo que dice Michel Foucault acerca de la percepción médica en diferentes períodos históricos se podría aplicar a estas dos diferentes tradiciones: «No solamente los nombres de las enfermedades, no solamente la agrupación de sistemas no eran iguales, sino que los códigos de percepción fundamentales que se aplicaban a los cuerpos de los pacientes, el campo de los objetos a los que se dirige la observación, las superficies y profundidades que recorre la mirada del doctor, la totalidad del sistema de orientación de su observación variaba».

La Medicina China pone un énfasis especial en los sistemas de diagnóstico mediante un interrogatorio certero, una palpación precisa, una observación minuciosa, un olfato afilado, etc. y, con ello, nos invita a poner a funcionar los recursos del pensamiento, la experimentación, la comunicación terapéutica mediante la palabra, las posibilidades de interferencia con nuestros pacientes. Sin embargo, tengo la impresión de que, en los últimos años, en nuestra sociedad de consumo estamos olvidando un bien precioso: el manejo del tiempo, del pensamiento y de la experiencia. Nos toca vivir un tiempo raro, sin tiempo, en el que gobiernan las prisas, la urgencia por ser productivos, la imperiosa necesidad de acallar los síntomas y no las causas de las enfermedades. Ya no nos sentamos tranquilamente a conversar ni dejamos que las cosas transcurran despacio, a escala humana. Vivimos necesitando tiempo para pensar, para dialogar, para leer y escribir, para observar la naturaleza y aprender de ella, tiempo para entretenernos, tiempo para el placer de estar vivos. Y, como no lo tenemos, nos enfadamos y sobreexcitamos.

En medio de estas circunstancias, sin embargo, aumenta el número de estudiantes que se deciden por una medicina que recupera el tiempo de las cosas, la medida, la justeza, el ritmo pausado del quehacer terapéutico, el tiempo en el que las cosas revelan significados.

Recuperar al hombre armonioso en relación con los ritmos naturales es una ingente, pero inapelable, tarea en nuestro mundo actual: muchas enfermedades desaparecerían como por ensalmo. Esta medicina nos exige sentarnos a hablar con calma con nuestros pacientes, observarlos, olerlos, tocarlos, tratarlos como lo hacían antiguamente nuestros médicos de cabecera. Hoy, en nuestra comunidad occidental, lo hacen las máquinas de diagnóstico.

Nada más lejos de mi intención que proponer un regreso a las cavernas. La propuesta, en todo caso, es recuperar buenas costumbres en nuestra actividad terapéutica que ya fueron usadas y que hemos desatendido hasta olvidarlas y después negarlas. Bienvenida la Medicina China aunque sólo fuera por eso. Nos compromete a reconquistar protagonismo y participación en el acto terapéutico, sin rechazar y sí aprovechando, por supuesto, todo aquello que el avance tecnológico pone en nuestras manos como ayuda para interpretar las enfermedades. Una prueba clínica manifiesta parámetros que encuentran explicaciones también en los hábitos de cada día del enfermo.

Alguien podría preguntar ¿Quién necesita en estos tiempos de la interpretación a escala humana de las enfermedades? ¡Si ya los sistemas de diagnósticos están protocolizados! ¡Si ya las pruebas clínicas y todo el arsenal terapéutico y farmacológico está previsto para la mayoría de las enfermedades! ¡Si una parte fundamental de nuestra evolución social en los últimos años depende de nuestras computadoras y ellas nos están interpretando a nosotros! El mito del progreso está adoptando la forma del culto a la novedad tecnológica. La sociedad tecnológica avanza con sus ventajas e inconvenientes. Poco a poco, las máquinas se están convirtiendo en nuestros sentidos, nuestros ojos, nuestros oídos, nuestra memoria.

Poco a poco, nuestras vidas se están automatizando y respondemos según un programa de conductas previstas. Quien quiera ejercer la Medicina China no tendrá más remedio que revisar algunas cosas, algunos presupuestos, algunos ritmos vitales. Quizá puede ser una vía para extraer fuerza de este sentimiento de incomodidad respecto a lo que ofrece el mundo actual.

En esta sociedad cómodamente instalada en las seguridades de lo trivial, sufrimos el «cuadro infeccioso» de las prisas que invade nuestro organismo social. Los que trabajamos con la Medicina China no somos ajenos a todo esto y, a menudo, vanalizamos y simplificamos el cuerpo teórico de dicha medicina para adaptarlo a nuestra manera occidental de entender y también ajustamos la práctica clínica al imperio de las necesidades mercantiles.

Recuerdo a un viejo médico chino, experto también en el I Chin, al que pregunté, recién terminados mis estudios de Medicina China: «¿Doctor, cree usted que llegaré a ser una buena médica?». Su respuesta fue: «Tienes que estudiar durante toda la vida». Y es que la aparente sencillez de la teoría de la Medicina China encierra una complejidad que invita continuamente a la revisión.

En mi modesta opinión, tenemos el difícil papel de encajar la evolución con la tradición y, haciéndonos cargo de nuestro tiempo y de sus avances, no olvidarnos de una medicina que, para comprender el sufrimiento y la posibilidad de tratarlo, recupera el tiempo pausado de lo humano. Leí en una entrevista a Andrés Rábago, «El Roto», que decía: «El futuro de la medicina, como el de casi todas las cosas, pasa por una transformación de nuestra manera de pensar y de vivir para llegar a una salud más verdadera».

Termino respondiendo a la pregunta inicial de ¿Qué nos impulsa a interesarnos por la Medicina China? ¿Quizá otras formas de vivir y de entender al ser humano?

Prof. Juliana Guzmán Diaz
Escuela Superior de Medicina Tradicional China

Revista “Natural” Primavera 2010

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